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Cuento
La Máscara

Autor:Amaranta Guevara

Licenciada en letras, quien escribe habitualmente para EL FOBI.


   
 

"La Máscara"

Por AMARANTA GUEVARA (e-mail: amaranta_4@hotmail.com )

¡Hola queridos amigos! Escuchen con atención. Un gran espectáculo se avecina  y yo seré el guía. Noche especial para liberar nuestra esencia, noche de brillos y misterio. Abran sus oídos a las palabras mágicas de un loco arlequín que les dice:
      La luna quiere ser árbol y dar frutos luminosos. El lápiz quiere ser espejo para dibujar al mismo tiempo dos imágenes gemelas y también ser sol para iluminar con su trazo los dibujos tristes. Al sol le gustaría ser naranja para vanagloriarse de su color ante la pálida luna que desea ser noche para mostrar su vestido estrellado a las hojas verdes-amarillas que arropan  las estaciones. Las hojas sueñan ser tinta para manchar indeleblemente el paisaje con su juego de tonalidades. A la tinta le fascinaría ser mar para llegar a las costas de tus oídos con palabras dulces y al mar, libro, para abrirse al compás de tu mano. Y al libro, tijeras, para cortar con sus filos las horas de tu aburrimiento.
      Pareciera que a nadie le gusta ser lo que es ¿por qué muchos desean ser otra cosa distinta a sí mismos? ¿Por disgusto, por envidia, por miedo, por ignorancia, por capricho, por ausencias, por presencias? Misterio.
     Tengo ante mí un circo maravilloso.  Equilibristas, malabaristas, bailarinas, payasos, contorsionistas, enanos, personajes en motocicletas, magos que sacan conejos blancos de sus galeras o que transforman un pañuelo en un cordel de pañuelitos de colores. El estruendo de la música oculta las voces de la gente que ríe a carcajadas, personas que sólo observan, niños que lloran porque se asustan de los payasos  pintados con mueca de tristeza o de sonrisa forzada, algunos están impacientes porque comience la función. La música sigue llenándolo todo.
     El circo se convierte en un gran carrusel en el que los animales se corren unos a otros sin alcanzarse nunca. El eje es un gran cilindro de espejuelos cuadrados unidos a modo de mosaicos. Si te miras en ellos ves tu rostro roto en mil pedazos, mueves la cabeza para intentar centrar la imagen, pero es imposible. Los espejuelos te devuelven tu figura fisurada.
-“Personas entremezcladas en un sueño de calesita ¿quién se anima a detener el carrusel y bajar de él?”
    Tú giras y todo gira alrededor de ti. A pesar de tanta gente te sientes solo y vuelves a intentar encontrarte en los espejos de la gigantesca calesita. Piensas  si acaso lo que ves no es realmente lo que se refleja: varias caras en una sola o una sola cara dividida en varias.
- “Carrusel, carrusel, giras y giras  sin comprender que muchas veces necesitamos nuestro paso detener”
 ¿Saben quién soy yo? Yo soy el bufón de este circo, de esta historia. Arlequín de mil colores que te abrirá las cortinas de este gran teatro que es el mundo en donde tanto tú como yo representamos un personaje. Por unos instantes te mantendré atrapado en mi relato. Te invito a que me sigas. Lo que vas a ver te sorprenderá. Hasta ahora te he presentado al mundo como un circo, una calesita, una gran obra de teatro ¿Cómo lo ves tú? Tengo una idea genial. ¿Qué te parece si asistimos a una fiesta de disfraces, a una fiesta de máscaras como esas que se hacían en las cortes europeas durante el siglo XVII?
   Entramos a un gran salón y nos encontramos con un montón de gente con sus rostros cubiertos por mascarillas de distintos tipos. Mirando en conjunto se puede hacer un recorrido desde la cara de la tragedia hasta la de la comedia. Es imposible que sólo existan los extremos. En medio hay una gama de gestos increíbles, versatilidad que a veces asusta.
- “máscara, mascarita ¿cuál será la más bonita? ojo, de ella no te fíes, puede ser la más maldita”.
 Por acá nos encontramos con la soberbia, el disimulo, la seducción, la vergüenza, la timidez. Seguimos moviéndonos entre la gente y vemos a la perversidad y al perverso, a la víctima y al victimario,  a la desconsolada y al que da consuelo, al inescrupuloso y  al prejuicioso. Avanzamos  entre sus ropajes de seda y encajes mientras algunos nos observan tras esos dos agujeros que simulan sus ojos y nos encontramos con la bondad y la maldad, la dulzura y la agresividad, la amargura y la alegría, la desidia y la dedicación. Te habrás dado cuenta que nada existe en este mundo sin su contrario. Para que exista el bien debe existir el mal. Por eso siempre habrá gente feliz y gente desdichada y tú te conviertes en causa y efecto de lo que te sucede en la vida.
- “Más allá de las máscaras, más acá de las máscaras, caminamos por el borde de una moneda que no acaba de girar nunca”.
Te regalo unos versos que te harán pensar:

“Te vi cruzar la calle,
pero no estabas ahí, habías dejado tu cascarón vacío
para saltar sobre las estrellas
buscando la luz de la  luna.
Las que cruzaban la calle con la mirada perdida
eran las mil máscaras de tu vida,
pero tú no eras porque bailabas ya en la esfera
desnuda de tanto traje de feas lentejuelas,
pero también llorabas porque debías regresar
a la vereda que te esperaba,
Vestida de nadie, desnuda de sueños, sedienta de vida”

     Yo soy el odioso bufón, otro enmascarado, recorriendo el salón con mis saltos,  diciendo de vez en cuando alguna que otra frase ingeniosa. Personita molesta, apunto con mi dedo índice y traspaso las máscaras con alguna ironía. Todos ríen antes mis bufonadas, porque el reírse es la gran máscara del baile.
- “Mentiroso,   mentirosa, atrévete a levantar tu velo y descubre tu misterio, que dejará de ser misterio para convertirse en la realidad de lo que veo”.
 ¿No se han dado cuenta todavía? Este fabuloso baile de máscaras es el que danzamos cada día. ¿En qué momento de nuestras vidas nos pusimos la máscara que llevamos? ¿Cómo hicimos para decidirnos por una de ellas? Te imagino pequeño, parado frente a una gran pared llena de máscaras colgadas y tú mirándolas una por una a ver con cuál te podías quedar para esconderte  del mundo ¿Porque de eso se trata no? de esconderse. Pero ¿qué tenemos que esconder? Las respuestas pueden ser tan variadas como las máscaras: tal vez quiero esconder mi fealdad física, mi timidez, el mal trato que recibí de pequeño, el dolor de tantas cicatrices. Creo que la respuesta es una: lo que quiero esconder es lo que soy. Y cuando uno esconde algo lo hace para  que otro no lo vea o para darle una sorpresa. Acá la sorpresa no se la damos a nadie más que a nosotros mismos cuando llega un momento de nuestras vidas en que ya nos pica la piel del rostro y no soportamos más la máscara.  Olemos a hediondez como toda agua que ha dejado de fluir.
-“A pesar de haber vivido tanto tiempo con esto cubriendo mi rostro, la extraño, me siento desnudo sin esta máscara”, dice el hermano gemelo del rey Luis XIV de Francia cuando los  mosqueteros le quitan la máscara de hierro. Eso era lo único que él había tenido en su vida y al quitársela el mundo se le abría en su total esplendor y se sentía aterrado. Luis XIV acababa de sacarse una pesada máscara para ponerse la de su hermano y ocupar de esta forma el trono de Francia. “¿Cuántas máscaras en una vida podemos usar? tantas como tantas veces desees engañar”.
   Imaginemos la máscara como un límite,  una moneda de doble cara. Existe un mundo de este lado como del otro lado del antifaz. El mundo del otro lado es exigente, se rige por las apariencias, los formulismos, los preconceptos y prejuicios, por el constante dedito acusador. Sólo cada uno de nosotros sabemos cómo es el mundo de este lado de la máscara. Creo que hay un sentimiento en común que escondemos: un gran miedo.
- “Cuchichean por debajo de sus mascaritas, acusan, critican, difaman, condenan ¿Quién se anima a mostrar su cara y gritar a los cuatro vientos lo que antes susurraban bajo su carita de cemento?”.
Cada mañana los ruidos del amanecer te sacuden los hombros para que lentamente entres en contacto con el nuevo día.  Te sientas en el borde de la cama dispuesto a dar el envión para tomar nuevamente la vida en tus manos. Tu paseo por el baño es inevitable. Entre dormido, abres la canilla del agua fría y con ambas manos bendices tu rostro. Cuando levantas la cara te encuentras con el espejo, tu amigo infaltable, que puede convertirse en tu enemigo. Bendito cristal que refleja una imagen que conoces desde hace años. Te observas y te preguntas: ¿Realmente  reconozco esa cara, con esas facciones, esos gestos, ese brillo en los ojos? ¿Puedo afirmar, sin lugar a dudas, que ese rostro que observo ahora es el mío y no el de una marioneta?  Te sientes confundido. El espejo es un lago imperturbable. Hay algo que te molesta y no comprendes. Tal vez no te agrada lo que ves, pero no sabes por qué. Te secas con la toalla muy lentamente comenzando por la frente, y vas bajando la toalla y descubriendo tus ojos y te miras en esos otros ojos que te observan del otro lado. Piensas: ¿Qué ven esos ojos que estoy mirando? Descubres tu nariz. Ya has liberado una especie de antifaz que pide ser completado para convertirse en rostro ¿o en máscara? Dejas que la toalla corra y llegue hasta tu cuello: ahora ves tu cara entera con el agregado de una boca que pareciera guardar un secreto. Sorprendido, sacudes la cabeza, dejas la toalla y terminas lo que te falta hacer: peinarte, acicalarte las plumas hasta dónde te den las ganas. Lo que realmente no descubres en ese momento tan particular del día es que lo que estás haciendo es sencillamente armando tu máscara, la de todos los días. Pero tu inconsciente lo disfraza diciéndote que te estás poniendo “a tono” para que los demás te vean bien, para verte agradable. Por supuesto, siempre ante los ojos del otro.
   Te dispones a tomar el desayuno y terminas de redondear tu careta de comedia o de tragedia. Eres tú el que elije qué mascarita usar. Puedes mostrarte radiante y esplendoroso aunque por dentro te quiebres en mil o puedes jugar el papel de víctima para que  te tengan lástima y te amen un poquito desde la misericordia. Las máscaras son un revoque de nuestra realidad.
    Llevamos guardadas mil máscaras que la gente conoce de nosotros. Pero sólo las paredes de nuestra casa ven la calavera con su sonrisa franca y completa y el umbral de la puerta es el límite que cruzamos cada día para salir a la próxima escena del gran teatro de la vida.
  Existen tantos personajes como cartas en una baraja. Pero ¿está el auténtico, ese personaje que se transforma en la piedra en el zapato para cualquiera, ese que se muestra tal cual es, sin oropeles, ni amaneramientos, sin hipocresía?
  Qué tema el de la autenticidad,  el del rebaño de blancas ovejitas y la inoportuna ovejita negra que decide emanciparse. Cuántas ovejitas negras, a lo largo de la historia, debieron decolorar sus cabellos y cuántas otras por conservar su color fueron eliminadas por las obedientes ovejitas blancas. Cuántos pastores. El discurso permanente de “mantente en tu lugar si deseas ser aceptado” se ha hecho tan fuerte que cualquier ovejita albina mataría por taparle la boca a la revolucionaria oveja de negros y ondulados cabellos.
- “Pobres ovejitas blancas que bajo un cielo tormentoso corren una tras otra a lanzarse por el barranco sin saber por qué”.
   Personas que matan sin armas, hieren con palabras,  te ametrallan con su mirada de perro  jodido, se burlan del daño que te causan, personas que mienten al tiempo que confiesan que te aman, que se esconden tras uniformes planchados, gozan con la tortura, disfrutan de sentirse poderosos usando a otros. Tristes personas que como no saben qué  son, desprecian a aquellos que buscan un sentido a la vida. Seres que tras una autismo fingido esconden grandes pecados,  pagados para mentir, herir, usar. Tristes marionetas manejadas por los vientos de la sociedad, ¡tristes marionetas que no se enreden sus hilos porque caen vencidos! Payasos perversos que juegan a inflar globos y te los revientan en los oídos, muñecos malditos que nacen de familias malditas y que no pueden ni quieren escapar de ese estado de maldición. Todas esas personas neurotizadas por tantos desencuentros consigo mismas, con las que lamentablemente hemos compartido un espacio, me enseñaron, porque me permitieron descubrir que yo soy una gran persona capaz de escapar de las absurdas ataduras de una sociedad loca, de la neurosis que produce el negar día a día mi verdadera identidad. No podemos culpar a nadie. No olvidemos que todos formamos parte de un gran circo, un gran teatro, un gran carrusel.  
    Sin importar la coraza con la que te hayas cubierto, sé muy bien  que detrás de cada una de esas mascaritas cuidadosamente elaboradas hay un ser esencialmente puro, único, eterno, divino, de sentimientos nobles.
- “Mis amados compañeros de actuación  llamemos al cuarteto de espadachines: al capitán general del cuerpo de mosqueteros D´artagnan,  al vitalista y ruiseño Porthos, al beato y audaz Aramis, y al taciturno y solitario Athos. Pidámosles que  arranquen de nuestro rostro esa horrible mueca. O mejor aún, seamos nosotros los valientes espadachines y tomemos la decisión de arriesgarnos a ser quienes somos. Porque sabemos el riesgo que correremos si nos liberamos de ese falso rostro. Dejemos de actuar, dejemos de jugar a que somos quienes no somos, atrevámonos, liberémonos de nuestras ataduras y seamos fieles y corramos  felices sintiendo el viento en nuestro verdadero rostro, descubriendo con nuestras manos cómo se va recuperando la piel oculta durante tanto tiempo. Recibamos el respeto de los demás.  Sólo se puede sentir respeto por lo auténtico, lo que se muestra puro a nuestros ojos, así, tal cual es. Quedaremos sorprendidos al descubrir que tal vez,  fue en vano llevar durante tanto tiempo esa cruz sobre nuestras espaldas. Transformémonos en reyes -como lo hizo el bondadoso hermano de Luis XIV- y caminemos entre la gente con la mirada en alto y el orgullo de sentirnos felices de ser quiénes somos, de ser como somos.
 Pero no seamos ingratos, despidámonos de nuestra máscara agradecidos por lo que ella nos dio ya que nos ayudó a sobrevivir, fue nuestra barca, nuestro cayado, la cueva en la montaña, la sombra del árbol, la mano a la que nos aferramos por carecer de un amor propio lo suficientemente grande como para no depender de ningún ocultamiento. Mirémosla con respeto, a pesar de todo, como lo hizo  el rey francés.
   Dejemos de encubrir nuestra cara, para descubrirla al mundo. Tomemos un espejo, observémonos con calma, toquémonos, acariciemos nuestro rostro y sonriámosle a esos ojos que nos miran llenos de nostalgia, de ternura, de ganas de reconocerse. Ojos en cuyas pupilas vemos a un niño que nos quiere abrazar, a un adulto que desea vivir el presente y a una persona mayor que desea vivir una vejez plena, llena de excelentes recuerdos. Porque la vida, amigos, es una cadena de bendiciones si la sabemos vivir.
    Este bufón que los ha conducido por este viaje libertador les dice: “Transformémonos hoy, no en reyes de Francia, sino en reyes de nuestra propia vida”.
    Quítate esa máscara, muéstrame tu rostro limpio y baila conmigo, mirándome a los ojos que hoy te descubro míos. Arriésgate, intúyete en los sonidos frescos de la mañana, en las hojas verdes de tu parra añeja y vigilante, en la soledad de tus horas desnudas de utopías, en las miradas lejanas de la gente sin horizontes, en la pobreza de más de la mitad del mundo. Sé un árbol crecido de raíces profundas, de follaje infinito. Gánale cada día a la crueldad de tu conciencia. Haz que tu vida esté llena de proyectos arbolados, de mariposas más veloces que tus pensamientos, de tus pies desnudos sobre la tierra noble y de tierra apretada con el puño de un abrazo.

  Amigos, este arlequín se despide de ustedes para unírseles en esta celebración al grito de: ¡Seamos libres!  

 

 

 
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