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Cuento
30

Autor: anónimo
Fuente: Internet (entregado por Alicia)


   
 

"El silencio de Dios"

    Cuenta una antigua leyenda noruega, acerca de un hombre llamado Hans, quien cuidaba una ermita. A ella acudía la gente a orar con mucha devoción.
    En esta ermita había una cruz  muy antigua. Muchos acudían allí para pedirle a Cristo algún milagro.Un día el ermitaño Hans quiso pedirle un favor. Lo impulsaba un sentimiento generoso. Se arrodillo frente a la cruz y dijo: 

    - Señor, quiero padecer por ti. Déjame ocupar tu puesto... quiero reemplazarte en la cruz”. Y se quedo con la mirada fija puesta en la imagen, como esperando una respuesta. El Señor abrió sus labios y hablo. Sus palabras cayeron desde lo alto susurrantes y amonestadoras: “Siervo mío, accedo a tu deseo, pero ha de ser con una condición”...  “¿Cual, Señor?”, pregunto Hans con acento suplicante... “¿Es una condición difícil?” “¡ Estoy dispuesto a cumplirla con tu ayuda, Señor!” , respondió el viejo ermitaño.  

    Escucha: suceda lo que suceda y veas lo que veas, has de guardar silencio siempre!”.    Hans contesto: “Te lo prometo, Señor” y se efectuó el cambio.

    Nadie advirtió el  trueque y nadie reconoció al ermitaño, colgado con los clavos en la Cruz. El Señor ocupaba el puesto de Hans. Y este por largo tiempo cumplió el compromiso. A nadie dijo nada. Pero un día llego un individuo  que era muy rico y dejo olvidada una cartera. Hans  vio la escena y callo. Tampoco dijo nada cuando un pobre, que vino dos horas después, se apropio de la cartera del rico.Ni tampoco dijo nada cuando más tarde  un muchacho se postro ante Él, poco después, para pedirle  su  gracia antes de emprender un largo viaje. Pero en ese momento volvió a entrar el rico en busca de su cartera. Al no hallarla, pensó  que  el muchacho se la había apropiado. El rico se volvió contra el joven e iracundo le dijo: 

    “¡ Dame la bolsa que me has robado!”... el joven sorprendido, replico:

    “¡No he robado ninguna bolsa!”... “¡No mientas, devuélvemela ya mismo!”. “Le repito, que no he robado ninguna bolsa”, afirmo el muchacho. El rico arremetió furioso contra él y entonces sonó una fuerte voz.   

    “¡Detente!”... el rico miro hacia arriba y vio que la imagen le hablaba.

    Hans, que no pudo permanecer en silencio, grito, defendió al joven, increpo al rico por la falsa acusación... y este quedo anonadado y salió de la Ermita.

    El joven salió también porque tenia prisa para emprender su viaje.   Cuando la Ermita quedo a solas, Cristo se dirigió a su siervo y le dijo: “¡Baja de la cruz!...no sirves para ocupar mi puesto... no has sabido guardar silencio”. “Señor”, dijo Hans...” ¿Cómo iva a permitir esa injusticia?”.

    Sin decir palabras... Jesús ocupo nuevamente su lugar en la Cruz y el ermitaño se quedo ante ella a sus pies. El Señor, siguió hablando: “Tu no sabias que al rico le convenía perder la bolsa, pues llevaba en ella el precio de la virginidad de una joven mujer. El pobre, por el contrario, tenia necesidad de ese dinero e hizo bien en llevárselo. En cuanto al muchacho que iva a ser golpeado, sus heridas le hubiesen impedido realizar el viaje que para él resultaría fatal. Ahora hace unos minutos acaba de zozobrar el barco y la ha perdido la vida. Tu no sabias nada. Yo si sé y por eso callo”. Y el Señor nuevamente guardo silencio.

    Muchas veces nos preguntamos porque razón Dios no nos contesta...  porque permanece callado. Muchos de nosotros quisiéramos que Él nos respondiera lo que deseamos oír... pero Dios no es así. Dios nos responde aun con el silencio, debemos aprender a escucharlo. En Su Divino Silencio  no dice  palabras destinadas a convencernos de que Él sabe lo que esta haciendo. En su silencio Él nos dice con amor:

    ¡CONFIAD EN MI, -QUÉ SÉ BIEN LO QUE DEBO HACER!”

     

 
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