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“Nos sobran caramelos en el frasco y encima: surtidos”

Queridos doctor y queridos amigos del FOBI.

Les comento que el jueves pasado asistí a la reunión, gracias al doctor. Les cuento que el día martes anterior le había escrito una carta en la cual, entre otras cosas, le decía que posiblemente el jueves no fuera porque me sentía muy deprimida por un problema personal.

Ese mismo día, a unos minutos de recibir mi carta , el doctor me llamó a mi casa y me dio fuerzas, me dijo que no dejara caer los brazos y algo así como que no me apresurara a resolver mi conflicto, que dejara que las cosas pasaran, que les diera tiempo, o sea “que no me saliera de la pista”... “que bajara un cambio”, como me dice mi hijo.

Fue así que el jueves vine, con mucho esfuerzo, pero vine. No llamé a ningún “fobi-teléfono” de emergencia porque sabía que mi angustia se debía a un problema puntual que me estaba sobrepasando el umbral y recordé aquella frase o pensamiento del día: “la única mano que te puede ayudar es la que está al final de tu brazo”. Les parecerá una locura, pero yo soy una de las que ofreció su teléfono para aquel que necesitara una voz amiga.

Ustedes están en todo su derecho de pensar: ¡A esta loca no la llamo ni aunque esté en terapia intensiva con un ataque agudo de ahogo!... Los comprendería, porque yo pensaría lo mismo, pero para defenderme les comento que ignoro por qué razón tengo facilidad para ayudar a otros, me surgen en forma espontánea las ganas de brindar a alguien mi ayuda, podría contarles miles de ejemplos de gente que me para por la calle y me cuenta sus problemas y me abrazan y me demuestran su afecto por escucharlos.

Es mas, yo conformo la Comisión Directiva de la Sociedad de Fomento de mi barrio, ocupando el cargo de secretaria. Varias veces quise alejarme un tiempo de allí , pero el resto de los integrantes de la Comisión, no quieren, es más, muchas veces cuando estoy “bajoneada” y son ellos quienes me levantan el ánimo, me dicen: “si estás acá no te vas a deprimir porque con nosotros te vas a reír , a divertir y a distraer”. Con todo esto les quiero decir que cuando el doctor nos dice que pensemos en nuestras capacidades, yo reconozco que tengo la capacidad innata de ayudar, o sea no lo hago nunca por compromiso ni para hacerme propaganda, pero no tengo la capacidad de ayudarme a mí misma de igual forma.

Por eso les digo que si ofrecí mi teléfono, es porque sé que puedo hacer algo por otro.

Cuando vine por primera vez al Fobi, me pasaba lo que a varios aquí, no sabía a qué le tenía miedo, sospechaba o creía que era a las situaciones límites las cuales enfrentaba a costa de enormes ataques de pánico que se me producían en el momento o después de darle solución al problema.

A medida que asistía a las reuniones fui hilando cada vez más fino, porque todos los jueves, cuando llego a mi casa hago un análisis a modo de “limón super exprimido” de lo que se habló aquí y luego es como que me autoanalizo y busco y revuelvo dentro mío lo que la charla de ese jueves me dejó y siempre digo: ¡EUREKA! ¡mirá vos por dónde andamos!.

Es como que todo esto me ayuda a conocerme cada vez más y a veces hasta me sorprendo.

Fue después de una de estas reuniones que el “duendecito” que corretea por el salón, que ese día no se por qué se había venido conmigo en el colectivo hasta Punta alta, me dijo que fuera al hospital a visitar a un vecino a quien habían operado.

Yo le decía: “No duendecito, hoy hace mucho frío, hoy hace mucho calor , hoy está nevando, hoy se alinearon los planetas”, hasta que el “enano” maldito me hizo la pregunta fatal: ¿Por qué no querés ir?, ¿A qué le tenés miedo?... y yo me enojé y le dije: “ mirá enanito, para que veas que no le tengo miedo a nada voy a ir así no te escucho más”.

Fue así que , a punto de salir de casa, mis piernas me decían que no, pero mi orgullo o “Kamicasería” pudo más.

El problema estaba en traspasar un punto, un lugar. Lo hice y, una vez allí, empecé a respirar el aroma típico de los eucaliptos y a practicar los ejercicios de respiración, pero a pocos pasos, sabía que me tenía que enfrentar a un lugar por donde debía pasar inevitablemente para llegar al hospital: era el barrio donde pasé los mejores años de mi adolescencia, fue como sumergirme en el túnel del tiempo y a medida que me acercaba se me corrían las lágrimas de la nostalgia inmensa que sentía, era un dolor en el alma, era el sueño de querer volver a esa época; pasé por la casa donde viví y fue tan grande la emoción, el deseo intenso de que un genio o Dios me regalaran sólo 5 minutos para volver a aquellos tiempos y verme junto a mis padres jóvenes y a mis hermanas adolescentes y a mis gatos.

A todo esto yo seguía con los ejercicios de respiración. No tengo palabras para describir la impotencia que me da sentir no poder detener el tiempo ni volver al paraíso perdido de mis días en ese barrio. Sé que para muchos sucesos desearíamos que el tiempo pasara volando, pero para todo aquello que fue bello , no.

Con esto aprendí que cuando tengo que cambiar mi diálogo interior o mi estado anímico negativo no puedo recurrir a los recuerdos de los buenos tiempos porque me producen mucha nostalgia y me hace peor, debo, por el contrario imaginar momentos bellos en un presente o un futuro, tal vez con “uno o dos negros que me abaniquen”.

El hospital era otro obstáculo que debía sortear porque entrar ahí me traía el recuerdo de la pérdida de mi hija Micaela, llegué hasta la sala de Neonatología para ver a los bebés recién nacidos pero decidí abandonar el intento e ir a ver a mi vecino que por suerte, se recupera favorablemente.

Cuando llegué a casa comprendí que mi gran miedo es el miedo al cambio, a la mudanza de las cosas, a “la vida”, porque la vida es transformación permanente, es evolución, es un abrirse camino, por eso hay que vivir cada minuto a pleno y dejar libre el pasado, por más bello o feo que haya sido.

Yo, por lo menos puedo decir que tuve la niñez más hermosa del mundo . otras personas preferirían no recordar esa época de su vida, por eso, y de esto estoy plenamente consciente ahora, hoy me toca dar gracias a la vida por lo que me dio y lo que me está dando porque al conocerlos a ustedes, conocí a un grupo de gente maravillosa que sé que me comprende.

Agradecer, implica también dar gracias por los malos momentos, porque de ellos aprendemos muchísimo, nos fogueamos en el arte de vivir.

Habrán notado que mis cartas son medio psicoanalíticas, yo no les he hablado de mi mejoría, ni de superación de algo, ni que soy la abanderada del grupo como Ramón, que tiene 10 de promedio. Esto no quiere decir que yo esté peor o igual, al contrario estoy mejor, a partir de estas reuniones me he ido conociendo cada vez más porque para mí es importante arrancar la hierba mala de raíz, y el hecho de sondear en mi alma, hace que pueda comprenderme y perdonarme, comprender y perdonar a los demás, hace que vaya de a poco rompiendo mi rigidez, mi pensamiento estructurado, mi escala de valores tan rígida que en cuanto se tambalea entro en crisis.

Tengo la memoria de un elefante y recuerdo qué fue lo que cada uno de ustedes dijo y aprendo de sus experiencias.

Les afirmo que he mejorado mucho, pero que sólo yo se cuánto, que me he descubierto como una persona nueva o como la persona que siempre supe que era , pero que los “mandatos” y otros “demonios” no dejaban aflorar, siento que mis pies se van apoyando con más firmeza y que podré estar medicada e ir a la psicóloga (aunque ya la dejé), pero lo realmente importante es la fuerza de este grupo porque nosotros somos especiales y cuando digo “especiales” lo digo nivelando hacia arriba no hacia abajo.

Aquí surgen cuestiones con las que me siento plenamente identificadas y hasta feliz porque me digo: “No estoy sola, no soy la única que piensa así”.

Estas cuestiones , cuando uno las trata afuera es como que algunas personas (aclaro esto, porque no son todas), no las entienden, piensan que uno es un problemático y algo de razón tienen, pero también piensan que nos faltan caramelos en el frasco y yo pienso que nuestro frasco rebalsa de caramelos y encima surtidos.

Bueno, la carta se hizo larga, les digo que todos los jueves cuando me voy de acá, me siento eufórica, feliz, radiante, que los quiero mucho a todos y cada uno y para el “doctorcito” no tengo palabras de agradecimiento porque las que yo le quiero dedicar todavía no fueron aceptadas por la Real Academia Española para su ubicación en el diccionario.

Me despido de ustedes hasta la próxima carta, pero no sin antes decirles:

¡SE PUEDE! ¡SE PUEDE!! ¡SE PUEDE!
COMPROMISO - COMPROMISO - COMPROMISO
CONFIO EN LA MANO QUE ESTA AL FINAL DE MI BRAZO
ME LEVANTO MIL VECES PARA VOLVER A EMPEZAR
“NO SOY UN FRACASO SI NO LO HAGO...SOY UN ÉXITO PORQUE LO HE INTENTADO” - (Anónimo)

“LOS BUQUES QUE ESTAN EN EL PUERTO SON SEGUROS, PERO NO ES PARA ESO PARA LO QUE SE CONSTRUYEN LOS BUQUES”- (J. Shedd)

Silvana

 

 
 
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